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El Dr. Lionel Garnery, del Laboratorio de Evolución Genética de Poblaciones de la Universidad de Versailles (Francia), dedicó la primera parte de su conferencia a justificar el porqué es necesario preservar la biodiversidad de las razas de abejas. Su distribución geográfica y las adaptaciones evolutivas han llevado, comentó, a diferenciar 26 subespecies o razas geográficas de abejas melíferas. Esta gran diversidad la convierten en una especial clave en el medio ecológico, pues contribuye de forma inestimable a mantener la riqueza y estabilidad de los ecosistemas. En la actualidad, la agricultura intensiva, la urbanización y la industrialización, así como las propias prácticas apícolas de selección y trashumancia de colmenas, tienen repercusiones directas sobre la estructura genética de esta especie y, por tanto, es esencial proteger su biodiversidad. A continuación se preguntó ¿qué debemos conservar?, pregunta a la que respondió diciendo que sobre todo las adaptaciones milenarias, para lo que es necesario profundizar en la historia evolutiva de la abeja; en una segunda fase, con la ayuda de estudios eco-etológicos [de comportamiento en un entorno geofísico], que permitirán caracterizar la adaptación de la raza o subespecie determinada a conservar. Estudiar la historia evolutiva, pasa necesariamente por el uso de marcadores moleculares, en el caso de la abeja se utilizan el ADN mitocondrial y el ADN nuclear; el ADN mitocondrial se trasmite por vía materna, lo trasmite la reina a todos los zánganos y obreras y es por tanto un marcador de colonia. Explicó en primer lugar los resultados de los primeros estudios que realizaron en 1992 que les permitieron confirmar la existencia de tres de las cuatro líneas evolutivas en las abejas: M (básicamente en el oeste mediterráneo), A(africanas) y C (norte del mediterráneo, Europa central) y O (líneas orientales del cáucaso y Turquía). Posteriores estudios con miles de muestras para analizar la diversidad en estas líneas, llevaron a importantes conclusiones,entre las que explicó, que España es un punto de contacto entre las líneas M y A y que sirvió probablemente de zona de refugio durante las glaciaciones del cuaternario (desde donde después las abejas volvieron a colonizar una parte de Europa); y también que Italia es una zona de introgresión entre las líneas C y M y probablemente Apis melifera ligustica sea un híbrido que se produjo durante la glaciación. Con la ayuda del otro marcador molecular, el ADN nuclear pudieron comprobar la existencia de las cuatro líneas evolutivas clásicas descritas por Ruttner y señaladas más arriba y establecer finalmente el escenario evolutivo de las abejas, con mayor precisión. La primera etapa corresponde a la primera colonización desde Oriente próximo en dirección al oeste, hacia Europa; se produjo entonces una primera glaciación que eliminó las poblaciones más al norte, quedando dos zonas refugio, una situada al oeste (en España e Italia) y la otra al este (en Oriente próximo). Cuando se volvió a calentar la tierra, las abejas volvieron a conquistar sus áreas de distribución a partir de estas zonas refugio: desde el este por Turquía hacia el norte del Mediterráneo; desde España hacia el norte por la región oeste del Mediterráneo; y desde Italia hacia el norte, pero en contacto con la abeja del norte del Mediterráneo. Una nueva glaciación eliminó de nuevo las poblaciones del norte y se produjo una nueva zona refugio en España de abejas de la línea M; otra en Grecia con abejas de la línea norte Mediterránea (C); otra en el este en el Cáucaso y Oriente próximo; y en Italia el contacto entre las líneas C y M estaba produciendo una mezcla, como se señalaba en los estudios de ADNmt. La última etapa, comentó Garnery, la constituyó la recolonización de las zonas de distribución actuales, observando en particular que persiste una zona de contacto de tres líneas evolutivas en Polonia. Finalizó su intervención, explicando un ejemplo de conservación de un ecotipo, en las Landas, en Francia. La población de abejas de esta zona está muy adaptada a la recolección de Calluna vulgaris. El estudio comprende cuatro fases, una primera de caracterización de este ecotipo; una segunda que estudió el impacto de las prácticas apícolas de los apicultores de la zona (hay algunos apicultores que importan y trabajan con Buckfast); una tercera, que pretende crear una zona de conservación (se ha visto que el nivel de introgresión con las Buckfast permite plantearse conseguir este reservorio genético); y, por último llevar a cabo un estudio de caracterización eco-etológica, buscando la correlación entre la forma ecotípica y los marcadores moleculares o morfométricos, con el fin de asegurar la conservación de esta forma ecotípica [adaptación a la recolección de Calluna]. Está prevista también la creación de una estructura asociativa que asegure la gestión del reservorio genético. |
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