Ibiza y Formentera: Polen, miel y menos apicultores

Identificados hasta 77 tipos de polen en la miel de las Pitiusas

Un estudio detecta un promedio de 24 especies de plantas diferentes en cada una de las mieles analizadas de Ibiza, y de 32 pólenes en las de Formentera

Las abejas de Ibiza liban hasta de 77 tipos de plantas diferentes, mientras que en Formentera lo hacen de 63, según se especifica en el estudio ‘Caracterización y autenticación de las mieles de Ibiza y Formentera a través del análisis polínico’, un trabajo de investigación realizado a partir de la tesis de final de máster internacional (‘Master in Forensics Science’) de la alumna Sara Guillaumet, expuesto en julio 2017 bajo la dirección de Marzia Boi, doctora en Biología, profesora asociada de la UIB y palinóloga (disciplina que investiga el polen y las esporas), además de Carmen Galán y Mari Paz Aguilar.

En el estudio se analizó el contenido en polen de 55 muestras de miel proporcionadas por la Associació d’Apicultors de Ibiza y Formentera. En el caso de Ibiza, identificaron 77 tipos de polen, pertenecientes a especies vegetales distintas y «con un promedio de 24 especies diferentes por cada miel» de Ibiza. Es decir, la mayor parte de las mieles son multiflorales. «En total –explica la doctora Marzia Boi–, las abejas ibicencas eligen entre el néctar de unas 40 familias botánicas diferentes».

En el caso de Formentera detectaron 63 tipos de polen, «con un promedio de 32 pólenes [mayor que en el caso de Ibiza] por muestra, pertenecientes a 33 familias diferentes».

Cuernecillos, tréboles y viborera

Había polen de Echium plantagineum (viborera) en las 55 muestras analizadas, «o sea, que está presente en todas las épocas del año», destaca Boi. En Ibiza, otras especies relevantes muy melíferas son los cuernecillos y los tréboles ( Lotus creticus tipo y Trifolium spp., respectivamente), además de las jaras ( Cistus albidus).

En todas las muestras de Formentera se encontraron pólenes de cuernecillos, de Thymus spp. (tomillo o frígola), de Ceratonia siliqua (algarrobo), de Euphorbia helioscopia (lecherula), de Diplotaxis spp. (jaramagos), de Galactites tomentosa (cardo), de Reichardia spp. (lechuguilla), de Olea europaea (olivo), de liliáceas ( Liliaceae tipo I) e incluso de Phoenix spp. (palmera), además de la extendida Echium plantagineum (viborera).

El 41,8% de las muestras (23) eran uniflorales: en nueve de Ibiza y una de Formentera destacaba la presencia de viborera; en seis de Ibiza y dos de Formentera, la del trébol. De Ibiza encontraron, además, dos mieles en las que predominaba el polen de liláceas; en un caso, el de frígola; en otro, el de algarrobo; además, en una de las muestras hallaron, sobre todo, polen de brezo.

El resto de muestras (32), el 58,2% del total, eran multiflorales, es decir, mezclas de distintos néctares. No se encontró en ellas «un polen prevalente que aportara el carácter de monofloral», subraya la doctora Boi. De estas, en seis de Ibiza prevalecían los néctares de cuernecillos, tréboles, retama ( Cytisus scoparius tipo), trébol hediondo ( Bituminaria bituminosa), alfalfa ( Medicago spp.) y algarrobo; en tres de Formentera, de romero y tomillo. El resto eran mezclas de varios pólenes, «sin ningún taxón o familia predominante».

Concurso

La Associació d´Apicultors celebró el pasado 2 de diciembre  el II Concurs de Mels de les Pitiüses, al que se presentaron 14 ibicencos con 28 muestras y seis apicultores formenterenses con seis néctares. Realizado en el Centro Cultural Ebusus, con su correspondiente cata (imagen superior), el concurso tuvo como vencedores a Hans Jürgen Salewski, en ´Mel de primavera´; Manuel Corral Checa, en ´Mel original´, y Vicente Marí Ribas, en ´Mel de

 

Los últimos apicultores de Ibiza

‘Pep Parot’ es el apicultor de más edad de las Pitiusas, donde apenas hay relevo generacional: la media de edad es de 72 añosJosé Ferrer sentado en una silla de madera que ha colocado en medio de sus colmenas para descansar.

La Associació d’Apicultors d’Eivissa tiene cada año menos socios. Por dos razones: no hay relevo generacional y los pocos que quedan tienen una edad media de 72 años. José Ferrer, ‘Pep Parot’, es el paradigma de lo que sucede: a sus 86 años, es el mayor de los apicultores pitiusos asociados y, posiblemente, nadie de su familia se hará cargo algún día de su medio centenar de colmenas.

Las colmenas están cerca de su casa, a sólo unos 200 metros, pero para llegar hasta ellas José Ferrer, Pep Parot, necesita apoyarse en un bastón porque ya le fallan las rodillas, algo lógico a sus 86 años de edad. Es el miembro de más edad de la Associació d’Apicultors d’Eivissa, una entidad en la que tienen un serio problema: no hay relevo generacional. La media de edad es de 72 años. El futuro de la apicultura pitiusa es muy negro. Pep es, de hecho, el último de una saga familiar.

Entre las colmenas, ubicadas en un pequeño pinar aislado de Cala Nova, hay una sencilla silla de madera en la que Pep Parot se sienta al acabar la caminata o cuando, tras atender los panales, se cansa. A veces, como para hacer la foto que ilustra esta página, ni siquiera se coloca el traje de apicultor: «Ya ni siento sus picaduras», afirma.

Quizás porque le han clavado aguijones desde que tenía siete años, cuando ayudaba a su padre, José Ferrer Noguera, a cuidar los enjambres. Entonces carecían de trajes o ropa adecuada. Se subían el cuello de la camisa lo más alto posible, se ponían unos calcetines de lana largos… y a aguantar los picotazos. Para apaciguarlas, sostenía una sartén (que hacía las veces de ahumador) en la que quemaba el corazón podrido del tronco de un algarrobo. Mientras, su padre cortaba un trozo de bresca con el guardador, un hierro alargado con la punta curva.

Su progenitor construía sus propias colmenas, troncos de algarrobo o de almendros que vaciaba. Algunas de aquellas caseres tradicionales siguen en el bosque próximo, rotas por el ganado. De él también aprendió a hacer velas con trozos de cañas cortadas por la mitad en las que introduce la cera líquida por un extremo.

Una epidemia acabó, alrededor de 1940, con el rebaño de las 15 caseres de su padre. Tiró la toalla, nunca más volvió a ejercer de apicultor. A mediados de los años 50, Pep Parot montó un merendero en la playa de es Canar y se olvidó de las abejas. Ya jubilado, un día observó cómo un enjambre se posaba en la rama de un pino cercano a su vivienda. Y le entró el gusanillo. Se acercó allí y repitió lo que había aprendido de su padre: de un golpe seco, aquella masa de abejas cayó, como una pelota, en una espuerta. «Cuando se encuentran en ese estado, cambiando de emplazamiento, no pican», explica cuando se le pregunta si, tras ese golpe, no se cebaron con él.

Nadie en la familia

En dos décadas, aquel enjambre se ha convertido en medio centenar de colmenas, que tiene desperdigadas en tres localizaciones. «Demasiadas, dan mucho trabajo», explica. Un trabajador de su finca le ayuda a mantenerlas. En su familia, le echan una mano cuando la pide, pero sabe que no tienen su misma vocación. «El relevo generacional lo tengo complicado. Lo estoy intentando, pero creo que no lo conseguiré», admite. Es la tónica en la Associació d’Apicultors, donde los jóvenes se cuentan con los dedos de una mano: «Menos mal –indica Pep Parot– que hay muchos extrajeros a los que les gusta y ayudan a que la apicultura no se pierda en esta isla». Como Hans Jurgen Salewski, uno de los ganadores de la última edición del Concurs de Mel, o la familia Falticska.

El año pasado llegó a obtener unos 450 kilos de miel, y eso que «fue malo debido al elevado calor y a la falta de agua», que provocó la muerte de todas las abejas de ocho de sus colmenas. Este va mejor: hace dos semanas obtuvo la última cosecha, la de tardor, con sabor a algarrobo. Ahora, sus abejas picotean de un níspero cercano, pero también de sus 120 olivos y del campo de naranjos próximo: «Pero antes tenían mucho más donde comer, pues aquí cultivábamos alfalfa y maíz, un gran alimento para ellas. Ahora está casi todo el campo abandonado».

En un taller personaliza las colmenas de fábrica que compra. Resulta sorprendente cómo, con sus dedazos, es capaz de crear finos listones o cámaras de cría y de miel, conocimientos y habilidades que posiblemente se pierdan. Tienen un futuro tan incierto en Ibiza como la apicultura.

Textos: José Miguel L. Romero. Fuente y fotos: Diario de Ibiza